UN ATERRIZAJE MISTERIOSO

—…podemos ver el campus universitario de Cuenca —decía el piloto —Con el viento tranquilo que tenemos hoy, vamos a aterrizar por aquella zona más o menos —y señalaba detrás de un edificio de ladrillo que debía de ser una facultad universitaria.

De repente el globo empezó a elevarse rápidamente. Nadie, salvo Candela y el propio piloto, se dio cuenta de que el globo subía muy deprisa sin que ninguna persona le hubiera dado al quemador para calentar el aire del interior. Ella era la única que podía sentir la Catabática allí. Para el piloto, sin embargo, aquello era muy raro. Miraba muy extrañado hacia la calle. Cogió la radio para hablar con el equipo de tierra.

 —Aquí, el piloto a equipo de tierra, aquí piloto a equipo de tierra ¿Dónde estáis que no os veo?

—Estamos dentro del coche —se oyó que decía la voz del ayudante más alto.

—Sí dentro del coche —se escuchaba decir al más bajito y menos flaco, a lo lejos.

—El coche del globo —especificaba la chica ayudante.

El piloto puso los ojos en blanco y se puso la mano en la cara igual que lo hacía el padre de Candela cuando estaba disgustado. Suspiró, tragó saliva y volvió a intentarlo – Me refería al lugar de la ciudad en el que os encontráis.

—Estamos aquí, en la glorieta de las universidades —dijo el más alto.

—En Cuenca —añadió el otro.

—Cuenca de Castilla la Mancha —puntualizó la chica ayudante.

—No sé si me estáis viendo —dijo el piloto —pero estoy subiendo a una velocidad muy rápida y no le he dado al quemador. Esto sólo puede ser una corriente térmica, pero a estas horas es imposible que se forme una térmica.

—Imposible, señor piloto —dijo el más alto.

—Completamente imposible —añadió el más bajito.

—A estas horas no se pueden formar térmicas —dijo la chica.

—Sí, sí… ¿vosotros desde abajo veis algo raro?

—Sí comandante – esta vez respondió la chica ayudante —el globo se eleva muy rápido como si hubiera cogido una térmica.

A Candela casi le dio pena el piloto. El resto de pasajeros miraba el paisaje ajeno a todo aquello.

—Eso ya lo sé —gruñó el piloto —quería saber si abajo hay viento u ocurre algo raro.

—Aquí ni pizca, señor piloto – dijo el más alto.

—Ni una gota —añadió el otro.

—Nada de nada —dijo la chica

—Pues esto sólo tiene una explicación —dijo el piloto.

—Una explicación, sí —dijo el ayudante alto.

—Sólo una, sí —añadió el otro.

—¿Qué explicación? —dijo la chica ayudante.

—Eso ¿Qué explicación? —preguntaron los otros dos ayudantes a la vez.

—Magia —dijo el piloto —Corto comunicaciones.

En ese momento un fuerte viento empezó a empujar el globo hacia el Sureste. El piloto trató de entender que estaba ocurriendo mirando en sus aparatos de navegación, pero se habían vuelto locos. Sólo aparecían números que parecían no tener ningún sentido 1-6-2-3-1-6-2-3-1-6. Volvió a coger la radio y aviso a los tripulantes de tierra.

 —Chicos, me temo que el viento se ha animado, ahora vamos hacia el Sureste.

—Copiado, señor piloto.

—Hacia el Sureste.

­—Magia —dijo el piloto mirando a Candela, cuando ya había apagado la radio —tú sabes algo de lo que está pasando —dijo tirando de todas las cuerdas sin mucho éxito

Candela negó con la cabeza. La verdad es que no entendía que podía tener aquello que ver con su viaje, aunque algo le decía (y no se equivocaba) que todo estaba completamente relacionado.

El piloto sabía que el resto de los pasajeros no iba a percibir nada raro porque el vuelo de un globo es tan estable, que uno no se da cuenta si van rápido o despacio a no ser que tenga mucha experiencia, pero él sí veía que aquello no tenía nada normal y por más que trataba de controlar las cuerdas era incapaz de hacer nada. En cualquier caso, los pasajeros se habían enfrascado en una acalorada discusión entre todos ellos.

—Definitivamente, la culpa de lo que le pasa a Cuenca la tienen los conquenses —decía el hombre que no sabía diferenciar ciudades y se reía del arte abstracto —no valoramos lo que tenemos y nos pisamos unos a otros – y lo decía muy convencido.

—Si trabajáramos en equipo yo creo que la ciudad sería algo increíble y no estaría como está – añadía la mama de Candela.

—La culpa es de los políticos, sin duda —intervino un pasajero que no había hablado hasta ese momento —y parecía que iba a decir algo más, pero el hombre que no sabía diferenciar ciudades le cortó para darle la razón.

—Absolutamente, de los políticos y de aquellos que no saben valorar el trabajo ajeno.

—Pues sí, es una pena —se quejaba su mama.

Los únicos que callaban eran la mujer que quería conocer la Qunka árabe y el papa de Candela que tenía como costumbre evitar meterse en ese tipo de discusiones.

Mientras el pasaje iba hablando ajeno a la lucha del piloto con las cuerdas que manejaban el globo, este iba atravesando toda la parte nueva de la ciudad; pasaron por encima la pasarela de las universidades, después por Cuatro Caminos y luego por encima de la plaza de toros. De repente el globo se paró y bajó un poco de altura.

—¡Hola! —se oyó una voz de niña desde abajo —¡hola! —repitió

Candela se asomó por la borda y vio a su prima Lucia en la ventana saludando. Aun tenía el pijama puesto —¡Hola Lucia! —gritó moviendo la mano desde arriba pensando que tenía muchas cosas que contarle en cuanto la volviera a ver.

En seguida, el globo volvió a ponerse en movimiento otra vez.; pasó por el barrio de las quinientas y salió de la ciudad. Allí empezaron a sobrevolar campos de cultivo, la vía del ave y más campos de cultivo. A lo lejos se divisaba el vertedero de Cuenca rodeado de algunos buitres que daban vueltas esperando encontrar algo de comida. Los pasajeros continuaban con su conversación que lideraba de forma contundente el hombre que no sabía diferenciar ciudades.

—Mirad allí, por ejemplo —dijo señalando el vertedero al fondo —algo habría que hacer para que el olor del vertedero no llegara hasta la estación del Ave —y ahí todos asintieron.

—Pues lleva usted razón —llegó a decir el papá de Candela, saltándose la norma de no meterse en este tipo de discusiones.

—Yo llevo peleando por Cuenca desde hace muchos años —continuó el primero —pero ya estoy harto. Tengo una tienda de productos típicos, pero creo que la voy a cerrar.

—Anda —dijo la madre de Candela —pues a mí me encanta regalar cosas de Cuenca ¿tiene usted cuenta en las redes sociales para que lo promocionemos?

El otro la miró de arriba abajo —Yo señora, tengo que trabajar, no puedo estar con esas tonterías. ¿Usted se cree que yo soy uno de esos que se gana la vida viviendo del cuento?

—La culpa de todo la tienen los políticos —añadió nuevamente el hombre que pensaba que la culpa siempre es de los políticos —ellos deberían promocionar las tiendas de Cuenca porque…

—Absolutamente —volvió a cortarle el hombre que no sabía diferenciar ciudades —y los conquenses, que no sabemos valorar el trabajo de los demás. Cuando vemos a alguien que hace una cosa distinta, en lugar de apoyarle lo echamos por tierra.

Candela miraba el paisaje escuchando la conversación de fondo. A sus nueve años y pico tenía la sensación de haber escuchado aquello más de mil veces. Mientras tanto, el piloto que ya se había rendido y había dejado de luchar contra las cuerdas, cediendo por fin a la magia de la Catabática, observaba cómo el equipo de tierra los seguía desde lejos tratando de no perderlos. De repente el viento paró completamente. El globo comenzó a descender poco a poco.

—Piloto a equipo de tierra, piloto a equipo de tierra; estamos en Arcas, a la altura de la plaza y de… —se asomó, callo un instante y miró a Candela. Estaba completamente blanco.

—¿Hola? —se escuchó al otro lado de la radio – ¿Hola?

—Uy que iglesia tan bonita —dijo la mujer a la que le encantaba la Cuenca árabe.

—Bah, todas las iglesias son iguales —replicó el hombre que no diferenciaba nada de nada.

—No —dijo el piloto mientras le hacía una foto a la iglesia —Esta iglesia es muy especial. Muy, muy especial —Esta vez fue Candela la que miró con curiosidad al piloto y mientras lo hacía sentía un hormigueo en su bolsillo, en el que había guardado la moneda de Antonio de Las Viñas…

(Mientras tanto, varios de los pasajeros seguían a lo suyo, enfrascados en su conversación y ajenos a la magia que les había llevado hasta allí. Y es que, si había una cosa que realmente apreciaban los conquenses, era una buena discusión en la que pudieran criticar de forma abierta su ciudad)

¡Vuela con nosotros!

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